La urbanización de Segur de Calafell, una de las más grandes de España, nace a finales de los años cuarenta con el deseo de convertirse en una ciudad jardín ejemplar. El proyecto urbanístico inicial de esta zona parece que corrió a cargo de Manuel Baldrich Tibau, pero la especulación urbanística fue desdibujando la idea original convirtiéndola en un conjunto masificado y caótico, sin respetar el frente marítimo ni la montaña, que fue engullida por la urbanización inacabable.
La generalización del acceso a las vacaciones y la popularización del ocio de sol y playa, así como el incremento de población desplazada del área metropolitana, han convertido a esta localidad de la costa, como otras muchas, en un lugar indefinido entre el veraneo y la vivienda permanente. Sin historia ni tradición, el pastiche se ha convertido en la idiosincrasia de contextos como este.
Las primeras edificaciones de veraneo eran bungalows o pequeñas casas de planta y piso en los que predominaban las fachadas encaladas con cerramientos de color azul, remitiéndose a la idea, quizás tópica, de mediterraneidad. Aún se pueden encontrar algunas en la zona del ensanche de la playa de Segur y, muy puntualmente, en la de montaña. En los años de consolidación de esta localidad, se desarrollaron algunas construcciones de arquitectura de autor alejadas de la primera concepción y que nos acercan a una interpretación diferente de la mediterraneidad, tanto por su color como por la forma de vida que perseguían. Los ejemplos que destacamos son algunos de los escasos testimonios de lo que pudo llegar a ser este lugar. El crecimiento de la población de Segur dejó obsoleta la antigua ermita románica de Sant Miquel de Segur, y dio paso en 1975 a una espectacular iglesia de la Asunción proyectada por Jaume Teixidó i Ballescà, con el hormigón visto como elemento argumental y una concepción estructural en transición con nuevas disposiciones de los elementos.
Aunque podemos ver algunos edificios de apartamentos con recursos característicos de la arquitectura de verano, como son los accesos exteriores, cabe destacar el edificio Marboré, proyectado por Joan Bosch i Agustí entre 1968 y 1970, por una inusual calidad constructiva y por las decisiones proyectuales a la hora de concebir unas viviendas fuera del mismo, supresión de la tradicional fachada representativa.
Algo similar sucede con aspectos de los cuatro chalés escogidos. En la urbanización de Segur de Calafell —constituida mayoritariamente, como tantas otras, por viviendas unifamiliares independientes— destaca la singularidad del chalet de la calle de Grècia, proyectado por Lluís Cantallops i Valeri en 1968, que da la espalda a la calle para abrirse principalmente al jardín, sugiriendo el contexto en el jardín, sugiriendo el contexto de la década de los sesenta.
Como contrapunto a la idea común de “chalé-torre”, que muy a menudo se erige para conquistar vistas y paisaje, la casa Garcia de José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres Tur del año 1969 es una muestra de adaptación a un terreno en pendiente para crear una vivienda lo más discreta posible desde la calle.
Sucede lo contrario con el chalé vecino proyectado por Juan Gumá Cuffí en 1963, donde la vivienda se sitúa en el primer piso y fuerza la orientación de una de las fachadas buscando el soleamiento óptimo y vistas al mar, que a principios de los años sesenta se veía desde este punto de la empinada avenida de Francia. A pesar de la elevación de la vivienda, la abundante vegetación (que debía caracterizar a esta nueva ciudad jardín) integra el volumen en el paisaje.
En el ensanche de la playa de Calafell, en un contexto mucho más transitado, localizamos el chalet proyectado por Juan José Albors y José Luis Canosa en 1969. Esta vivienda contrasta con las vecinas villas de veraneo de las primeras décadas del siglo XX por la voluntad de repliegue hacia un jardín interior y la desconexión de por la conversión de una zona de pescadores en un polo de atracción turística.









