Las escuelas proyectadas por el estudio MBM fueron la punta de lanza de la enseñanza en un país claramente reprimido y atrasado por los métodos empleados por la dictadura, vinculados principalmente a instituciones religiosas. Este apremio chocaba frontalmente con la base educativa de Josep Maria Martorell y Oriol Bohigas, ambos alumnos del Instituto-Escuela de la Generalitat de Catalunya en el Palacio del Gobernador de la Ciudadela durante los años de la Segunda República. Los valores de este centro de enseñanza se fundamentaban, entre otros, en los siguientes preceptos: el catalán como lengua única de enseñanza, aulas mixtas de niños y niñas, el laicismo como base humanista y la pedagogía como acompañamiento de los niños hacia la madurez. En palabras de Bohigas, «absoluta libertad y absoluta exigencia de responsabilidad».
Es indudable que esta base debía manifestarse después en el ejercicio profesional de estos dos alumnos, después amigos y finalmente socios fundadores del estudio Martorell-Bohigas. En sus primeras obras escolares, aún sin la participación del inglés David Mackay, se nota un esfuerzo por salir del funcionalismo rígido que entendía al alumno como sujeto pasivo receptor, pero que todavía no manifestaba la comunidad como epicentro del aprendizaje. Con las sucesivas aportaciones internacionales durante los años cincuenta, y principalmente con la aparición del nuevo modelo de escuela inglés que agrupaba las aulas en torno a un espacio polivalente central, se desdibujaría el aula como contenedor aislado vinculado a pasillos de acceso y se entraría plenamente en el estudio y experimentación de nuevas propuestas. En este sentido, las aportaciones de David Mackay, así como el monográfico dedicado por la XII Trienal de Milán en 1960 a esta temática bajo el título “La casa e la scuola”, serían fundamentales para abrir líneas de investigación. La escuela Garbí sería la primera construida, a la que seguirían más ejemplos celebrados como las escuelas Sant Jordi, Costa i Llobera, el instituto Abat Oliba en Ripoll o la reconocidísima escuela Thau, que de algún modo cerraba el círculo en torno a la recuperación de la educación que estos alumnos de la Institut-Escola habían recibido durante. Ahora, la arquitectura formaba parte.
Durante los años siguientes, en la década de 1980, esta experimentación continuó con nuevas propuestas, desde planteamientos en malla, como la escuela Mestres Montaña, así como las que hacían frente a las nuevas demandas urgentes de equipamiento público y laico surgidas de la joven democracia, que quería dejar atrás prácticas que consideraba obsoletas. La radicalidad del instituto Vázquez Montalbán, que combina posmodernidad formal contundente y un uso de los materiales de construcción absolutamente racional y desnudo, da como resultado unos espacios comunes singulares y novedosos para una población que, hasta entonces, no había visto este tipo de propuestas —salvo las clases más acomodadas que accedían a centros concertados.
Se podría decir, pues, que la arquitectura escolar de MMB responde a inquietudes educativas; si la voluntad de enseñanza y de relación social hacen el edificio, también será el edificio el que formará a las personas.









