La ruta que aquí se propone toma como punto de partida una imagen panorámica de la ciudad. Corresponde a la lámina central conmemorativa del número 3 de La Ilustración Iberoamericana, “La Barcelona de 1930, vista desde el Tibidabo, en uno de sus incomparables otoñales”. Desde las alturas, el crepúsculo de la noche es como si difuminara los contornos de la arquitectura de la ciudad. Sin embargo, lejos de esta posible confusión, la irrupción de la vanguardia del GATCPAC transformó este inmenso panorama en un diorama en el que la radicalidad del lenguaje y la abstracción se medía como canto a la epifanía de los tiempos modernos.
La proclama no cayó demasiado bien en algunos de los círculos arquitectónicos más cercanos al novecentismo; hasta qué punto la cultura oficial del poder puede llegar a ser reaccionaria es una cuestión a la que estamos acostumbrados en los últimos tiempos. La Barcelona de la II República (1931-1937) no sería menos: desde Nicolau Maria Rubió i Tudurí, Pere Benavent, Raimon Raventós o Adolf Florensa, por mencionar tan solo a algunos de los arquitectos que ofrecían la máscara del lenguaje clásico o la técnica tradicional como redención contra aquellos que, aparentemente, renegaban del pasado y el orden.
Este itinerario que se ofrece al visitante de la ciudad no trata de buenos ni malos. Algunos socios del GATCPAC se encargaron de hacer visible este drama: ¿cómo podía alguien, en 1935, hacer arquitecturas tan opuestas como la Casa Espona en el Eixample y su homónima en la calle Aribau? ¿Cómo debemos interpretar la oposición a los idearios del GATCPAC por parte del autor de ACTAR y la estación de Ràdio Barcelona? ¿Dónde situamos el fenêtre en longueur de la clínica Barraquer firmada por alguien que nunca militó a la vanguardia? O, para concluir, ¿para quién y por quién se perpetuó la visión de la “Barcelona futura” en la Via Laietana?









