El proyecto del Plan de Ordenación de la Villa Olímpica puso en el centro del debate local las herramientas con las que debían encararse los cambios urbanísticos. Oriol Bohigas, que consideraba los planes generales obsoletos por su carencia de precisión en las transformaciones concretas de la ciudad (coeficientes, artículos, números, etc.), propone el proyecto como herramienta de desarrollo urbanístico, con la arquitectura como objeto generador de ciudad.
La propuesta que daría cabida a las residencias de los atletas participantes en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 hace tabula rasa y elimina cualquier traza del antiguo barrio industrial, con fábricas de escaso valor y parcelaciones propias de la apropiación por autoconstrucción, y propone la llegada de la trama del Eixample Cerdà. Se logra así la idea del eslogan de abrir la ciudad al mar, definiendo un nuevo frente marítimo que quiere mirar al futuro con la creación de un nuevo barrio, eso sí, artificial.
Para llevar a cabo la operación, Bohigas adopta el criterio de seleccionar a equipos de arquitectos que hayan obtenido un Premio FAD en los treinta años anteriores, poniendo de manifiesto la confianza en que el buen diseño de la arquitectura será el motor de un buen espacio de convivencia. El equipo MBM dará a los proyectistas unas directrices unificadoras claras: la altura reguladora, la obra vista como elemento constructivo y la limitación de los voladizos. Asimismo, propondrá islas dobles y triples con la intención de potenciar el ideal de Ildefons Cerdà, poblando su interior con construcciones de menor entidad en pasajes o bloques aislados. Todo un repertorio formal y de ordenación para dotar de complejidad a un nuevo barrio sin caer en las trampas de las propuestas del movimiento moderno, pero que, en el fondo, todavía no ha podido huir de su pecado original: que fue construido sobre plano. Será el tiempo que le acabe dando forma, la forma de la gente que lo vive y lo habita.









