En 1951, coincidiendo con el montaje del pabellón español en la Trienal de Milán y el proyecto de la Casa Marina de la Barceloneta, Coderch proyecta la casa Ugalde en las afueras de Caldes d’Estrac, una localidad de la costa del Maresme situada 35 km al norte de Barcelona y escogida por la burguesía catalana. Se trata de una vivienda unifamiliar en la que Coderch transforma los códigos de la arquitectura popular mediante una geometría oblicua y curva, casi espontánea, que responde al desnivel del terreno, la orientación solar y las vistas privilegiadas sobre el paisaje y el mar Mediterráneo, estableciendo una continuidad absoluta entre el interior y el exterior. Una arquitectura orgánica que, de forma casi acrobática, se mueve entre la figuración hacia el entorno natural y la abstracción propia del arte de vanguardia con el que Coderch se relaciona durante aquellos años, y que convierte la vivienda en una especie de dispositivo cinematográfico.
Después de esta obra irrepetible, la relación del arquitecto con la costa del Maresme se mantiene durante las siguientes décadas con una serie de proyectos de viviendas unifamiliares, testimonio de la evolución de su propia obra. En 1955 adquiere una parcela muy cercana a la casa Ugalde y elabora un proyecto de vivienda para su propia familia, que poco después simplificará en una segunda versión de superficie más reducida, hasta que finalmente renuncia a ella y el proyecto queda en manos del arquitecto suizo William Dunkel. El rastro de este ‘Cabanon Coderch‘ se puede reconocer en la obra finalmente construida a pesar de su estado ruinoso actual, que ojalá se pueda revertir lo antes posible.
El mismo año 1955 proyecta en la localidad cercana de Sant Vicenç de Montalt la casa Boada, una vivienda situada en segunda línea respecto al conocido paseo de los Ingleses de Caldetes. Desarrollada en una sola planta en forma de L, presenta una división muy clara entre la zona de día, la zona de noche y la zona de servicios, orientada hacia un espacio exterior ajardinado y con piscina. El proyecto construido debía servir como modelo para promover en la misma zona una urbanización que finalmente no llegó a desarrollarse, pero que a cambio resultó decisivo —como antecedente directo y auténtico laboratorio— para la casa Catasús que proyectaría en Sitges pocos años después.
La década siguiente, Coderch proyecta en 1965 la casa Martínez Hidalgo, en una urbanización entonces en expansión a las afueras de Arenys de Mar; en este caso se trata de una vivienda de dos plantas en una parcela plana –una solución relativamente poco habitual en el arquitecto–, con una disposición también en forma de L, orientada a sur y abierta hacia el espacio exterior, conformando una serie de volúmenes de color blanco muy reconocibles, entre la tradición mediterránea y la influencia de la arquitectura norteamericana. Dos años más tarde, en 1967, proyecta la casa Rovira en Canet de Mar, una vivienda organizada también en dos niveles, pero aprovechando la fuerte pendiente del terreno y su posición privilegiada sobre el mar, que desarrolla en una serie de volúmenes retranqueados (“quiebros”, como el propio Coderch indica en las memorias de sus proyectos) caracterizados por las memorias de sus proyectos) caracterizados protegidas con persianas de librillo, así como por el uso de pavimentos de baldosa cerámica en el interior y el exterior, y la introducción de algún pilar metálico en combinación con la estructura habitual de muros de carga.
Finalmente, y ya durante la década siguiente, en 1971 se inicia el proyecto de la casa Llansó en una parcela situada en una vertiente boscosa de Sant Vicenç de Montalt, en este caso algo alejada del mar, pero que también aprovecha el desnivel del terreno para disponer dos plantas y abrirse hacia la buena orientación y las buenas orientaciones. Como en la casa Rovira, el discreto volumen respecto a la calle exterior, en este caso resuelto con fachada de obra vista —como en muchas obras de este período de Coderch—, esconde un amplio programa funcional que se desarrolla en torno a tres patios interiores, enmarcados en largos muros continuos de raíz neoplástica que, junto con el uso puntual de pilares metálicos, revelan el interés por la obra de Mies van der Rohe y la participación cada vez más activa en el estudio de su hijo Gustavo Coderch.









