Lleida, tierra de agricultura y campesinado, ha tenido siempre muy presente que los productos de sus campos son sus mejores tesoros, y así se refleja en las obras que componen esta ruta, testigos perdurables de un cariño hacia el territorio y sus frutos.
Desde las estructuras más limpias que encapsulan grandes huecos, los productos y trabajos más austeros se han entronizado en templos de la abundancia, dignificados a través de la arquitectura de la industria agroalimentaria para otorgarles una elevada categoría.
A lo largo de los siglos, la voluntad de dotar de aire, luz y grandeza a los espacios ha ido ligada de la mano de la evolución tecnológica de la estructura y sus posibilidades. A lo largo de este paseo por la historia, se hace presente esta evolución constructiva, que también tiene lugar al margen de los grandes proyectos vinculados con el poder.
Empezando por obras anteriores al siglo XX actualmente rehabilitadas, con el mercado del Pla y la Panera descubrimos construcciones funcionales imponentes, cuyos volúmenes se acercan más a catedrales del agua y el alimento. Francesc de Paula Morera i Gatell firma varios de los proyectos que continúan la ruta y que muestran el modernismo presente en el desarrollo del abastecimiento y la industrialización alimentaria de principios de siglo, con obras como el Matadero Municipal o la antigua Farinera Llusà / La Meta, que hoy en día ha trasladado su actividad a la nueva Farinera La Meta, de más.
La Lonja Hortofrutícola de Lleida, de Ramon Maria Puig —hoy convertida en un edificio de oficinas municipales— continúa el itinerario, que acabará con la obra de Josep Maria Cots Massana en el Palau de Vidre, símbolo de la exportación frutícola del tardofranquismo en la provincia.
Hoy en día, la mayoría de las obras incluidas en esta ruta han sido rehabilitadas y tienen un uso cultural o están en vías de tenerlo, virando hacia programas muy distintos a los que estuvieron pensados para acoger.
Dar reconocimiento en el presente a estas obras del pasado cuyos usos que hoy en día se consideran más merecedores de estas arquitecturas no debería ser la única lección que podemos extraer de la ruta que se propone; también nos permiten entender que la dignidad arquitectónica no siempre ha estado ligada a funciones representativas o a los altos estamentos, y que sobre todo tiene la capacidad de dignificar lo que acoge, aunque sea el programa aparentemente más humilde.









