El título de la ruta, que propone el clásico descenso desde la cordillera de Collserola hasta la playa en el sentido de las rieras, también hace referencia a dos hechos relevantes. El primero, que las dos primeras obras en Barcelona de José Antonio Coderch se encuentran exactamente en Sant Gervasi y en la Barceloneta. En Sant Gervasi, la residencia familiar que proyectó en 1946 en la tranquila plaza de Calvó, uno de los lugares de la clase acomodada de la ciudad a la que pertenecía el arquitecto; en la Barceloneta, las viviendas para la cooperativa obrera la Maquinista y la Casa de la Marina para el humilde barrio de pescadores de la ciudad. En este sentido, no hay que olvidar que su padre había sido ingeniero jefe del puerto de la ciudad, lo que, desde el ámbito familiar, vincularía a Coderch con las actividades marítimas.
Años más tarde, el propio Coderch serviría en el bando sublevado de la Guerra Civil Española como oficial de complemento, dada su condición de universitario. Acabada la guerra, como estaba en el bando vencedor, no es extraño que sus primeros y únicos encargos públicos del régimen —del que pronto se desencantaría y para el que no volvería a trabajar— vinieran de parte del Instituto Social de la Marina, un ente público destinado a la mejora de la vida de los pescadores, algunos de los cuales a menudo malvivían. Como se desprende de su famoso artículo «No son genios lo que necesitamos ahora», Coderch estaba cautivado por los valores de la clase obrera conservadora y los defendía: la fidelidad al oficio, la tradición, la fe, el arraigo en el lugar o el honor estarán presentes en toda su obra; por la naturaleza de estos primeros encargos públicos, se pone de manifiesto que entroncaban firmemente con sus convicciones.
En cuanto a la etapa formativa previa cabe decir que, durante la década anterior, el arquitecto catalán se había forjado en primero en Madrid bajo la Dirección General de Arquitectura, después como arquitecto asesor de la Obra Sindical de la Hogar —ambos organismos encargados de pensar la reconstrucción del país después de los estragos de la guerra— y, finalmente, en el municipio.
Hecho este preámbulo, que trata de vincular el origen social de Coderch y sus ideales con sus primeros encargos, el resto de obras en Barcelona son de muy diversa envergadura y carácter, aunque, al ser promociones únicamente privadas —dado que ya se había distanciado del régimen—, en la mayoría se encontrarán en la zona alta de la ciudad. La forma de tratar la ciudad variará según la naturaleza de los trabajos: desde la “ciudad dentro de la ciudad”, practicada a gran escala en las cocheras de Sarrià —que de algún modo se emparenta con el conjunto de la Maquinista—, hasta diferentes ensayos en la frontera entre la ciudad compacta y la ciudad dispersa —las viviendas Monitor en esquina fragmentado de las viviendas Banco Urquijo, pasando por edificios corporativos notables como el Instituto Francés o los edificios Trade. También destacan, a escala más doméstica, el recogimiento de la casa Tàpies o la discreción de la casa Güell.
Este Coderch urbano se aleja, pues, de su imagen más conocida y arquetípica, vinculada a las casas de veraneo o a segundas residencias encaladas y mediterráneas, pero escenifica el respeto por el oficio, la fidelidad a los ideales y la constante búsqueda de un lenguaje que, a base de insistencia, le acaba siendo propio.









