Como si fueran tatuajes sobre la piel de las fachadas, los esgrafiados de los edificios barceloneses exhiben las decoraciones y los motivos ornamentales de los distintos estilos y gustos estéticos que imperaron desde el siglo XVII hasta el Noucentisme.
La técnica del esgrafiado se puede incluir en el amplio universo de las artes decorativas aplicadas a la arquitectura, pero estos relieves elaborados con estuco sobre una superficie mural también presentan algunas de las características intrínsecas de la pintura, dado que recubren paramentos bidimensionales e incluyen policromía; así como de la escultura, puesto que, las dos capas de estuco que las componen crean relieves tridimensionales, con los respectivos juegos de luces y sombras; y, evidentemente, de la arquitectura, porque es en los edificios donde se encuentran, siempre con el objetivo de embellecerlos.
El punto de partida de la Barcelona esgrafiada es, como era de esperar, la Ciutat Vella, donde, en el siglo XVII, los maestros estucadores provenientes de Italia dejan su huella en forma de incisiones verticales en las fachadas, al tiempo que la transmiten a los artesanos locales. Un siglo más tarde llega el llamado esgrafiado del siglo XVIII, un fenómeno decorativo con un gran empuje productivo que cristaliza a través de los lenguajes ornamentales del barroco y del neoclasicismo. Emplazados en las calles del Gòtic, el Raval, Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera, la tipología arquitectónica más común que presenta esgrafiados es la del palacete unifamiliar y la de la casa de un cuerpo, ya sea de edificios de viviendas unifamiliares como plurifamiliares.
A finales del siglo XIX, toma su relieve el nuevo distrito del Eixample, y, a través de las modas decorativistas del Modernismo, encontramos un nuevo empuje en la producción de esgrafiados. Como revestimiento de las fachadas y los interiores comunes de los edificios de viviendas plurifamiliares entre medianeras, el esgrafiado modernista se nos presenta a modo de jardín vertical, donde las plantas trepadoras y las recreaciones florales son las protagonistas absolutas de los edificios más bellos. Al mismo tiempo, también se aprovecha la ocasión para redecorar algunas fachadas del casco antiguo que quieren ponerse a la moda del momento. El tráfico en el Noucentisme no desacelera la popularidad de los esgrafiados, pero los encontramos reinterpretados según unos cánones más ligados a los motivos clasicistas, mediterráneos y alegóricos; un retorno al orden con el que se quiere monumentalizar la capital catalana y del que tenemos buenos ejemplos en Ciutat Vella y en el Eixample.









