La subcomarca de la Selva Marítima es un territorio de transición ecléctico en la frontera entre las provincias de Barcelona y Gerona. Formado por tres poblaciones muy distintas, en menos de 20 km sintetiza la huella arquitectónica y urbanística del turismo en Cataluña y en el Mediterráneo, y está atravesado por categorías culturales tan conflictivas como la de veraneante, refugiado artístico o político, turista, trabajador de temporada o inmigrante.
Es bajo esta mirada en diferentes capas antropológicas que se propone la siguiente ruta que comienza en Blanes, emocionalmente todavía la última villa del Maresme. Antiguo lugar de veraneo de los burgueses que huían de Barcelona, como el propio Joaquim Ruyra, Joan Maragall o Teresa imaginada por Juan Marsé en su conocida novela, Blanes fue también un puerto importante de salida de indianos, que al volver dejaron una importante impronta cultural y arquitectónica. Del mismo modo, a partir de los años cincuenta, fue una ciudad de acogida de recién llegados de toda la Península y después de todo el mundo, como el escritor chileno Roberto Bolaño, modelo de artista-lumpen latinoamericano al que, años después de su muerte, la ciudad quiso honrar dando su nombre a la sala de actos.
Lloret de Mar, por otra parte, como dijo el propio Bolaño, solo puede parecerse a la Cartago de Flaubert, porque se construyó a sí misma y quemó los planos, como suele ocurrir con este tipo de poblaciones abocadas al turismo masivo y crecidas bajo el urbanismo loco del boom de finales del franquismo. Algunas de sus obras arquitectónicas más representativas, casi alucinaciones de la ciencia ficción, son una buena muestra de ello.
Tossa de Mar posiblemente es, espiritualmente, el primer pueblo de la Costa Brava. Situado en un callejón sin salida, entre el mar y el macizo de Cadiretes, ciertamente ha contribuido a que fuera un refugio idílico para intelectuales y artistas europeos que huían de un continente en llamas durante la primera mitad del siglo XX. La lista es larga: Marc Chagall, Georges Bataille, Francis Picabia, André Masson, Jean Metzinger, Olga Sacharoff y Nancy Johnstone, entre otros. Su paso ha dejado incluso un rastro significativo en la arquitectura del pueblo, como es el caso de la olvidada Ca l’Acerbi, que el refugiado italiano Guissepe Acerbi encargó al arquitecto alemán Otto Boelitz, construida bajo los preceptos estéticos de la Bauhaus.









