Antes de la invención del balneario y del descubrimiento de la playa –antes del nacimiento de la filosofía de la higiene, al aire libre, de la importancia del sol–, las ciudades fueron durante siglos espacios entre murallas, con jardines, pero sobre todo con sombra. Los pasajes son inventos del siglo XIX de esta forma de entender la vida urbana. Formas arquitectónicas que miran hacia el interior, seguras, con control de entrada y salida. Creaciones de la burguesía con aspiraciones parisinas.
El pasaje llegó a la Ciudad Condal como una intervención que permitía vivir cerca del Liceu y la Catedral dentro de una burbuja exclusiva. Los nombres no engañan: el Passatge del Crèdit, el del Rellotge o el de la Banca remiten directamente al mundo de las finanzas, de los horarios de la bolsa y del capital. El del Rellotge fue edificado por los banqueros Arnús i Codina: a finales del siglo XIX, cada tarde, a las tres en punto, se fijaba en un mostrador la cotización de la bolsa. En el de la Banca se encuentra el Museo de Cera. Y, en el número 4 del pasaje del Crèdit, el más vivo de los tres, proyectado por el arquitecto Magí Rius i Mulet en 1879 por encargo de la Sociedad Catalana General de Crédito, una placa indica que allí nació el pintor Joan Miró.
La Rambla conecta con la plaza Real a través del pasaje Bacardí, donde se encuentra el Hotel de las Cuatro Naciones, obra de Francesc Daniel Molina i Casamajor, uno de los más importantes de la historia de la Ciudad Condal, según la nómina de huéspedes ilustres (Stendhal, Buffalo Bill, Albert Einstein). Al otro lado encontramos en el Passatge de la Pau. Los cinco pasajes dibujan el corazón secreto de la Barcelona burguesa, rodeada de neogótico. En el cambio del siglo XIX al XX estalló el Modernismo, que mira hacia la montaña: el paseo de Gràcia, el Park Güell, Sarrià, Sant Gervasi, Pedralbes. Hacia allí se trasladaría en breve —cuando la luz y no la sombra fueran la aspiración y la moda— toda la burguesía.









