No es casual que Picasso hiciera la donación a la ciudad de Barcelona –en 1970 y en memoria de su “inolvidable amigo, Jaime Sabartés”– de una parte importante de su colección privada, con obras que actualmente todavía se exponen en el Museu Picasso de Barcelona.
El intenso y estrecho vínculo del artista con la ciudad se remonta a 1895, año en que Pablo Ruiz Picasso —con trece años— y su familia llegan de Málaga a Barcelona, donde residirán en varios emplazamientos alrededor del puerto viejo de la ciudad, entre ellos las casas de Xifré o la plaza de la Mercè, en un edificio que fue derribado en el proceso de higienización de Ciutat Vella, creando la plaza.
Las diversas ubicaciones de las residencias de los Ruiz Picasso se sitúan en torno al Port Vell, quizás para mantenerse cerca de ese mismo mar que baña la costa malagueña, quizás por la proximidad con la Lonja de Mar: el edificio civil gótico que entonces alojaba la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, donde su padre ejerció como profesor y donde él mismo fue alumno, así como la Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi, que frecuentaría como estudiante.
En Barcelona también es asiduo y expone en el establecimiento Els Quatre Gats, en los bajos de la Casa Martí de Josep Puig i Cadafalch, donde descubre la bohemia y la élite cultural del momento; artistas y escritores de los que extraerá grandes amistades de por vida, como la de Sabartés, y un primer conocimiento sobre París, de donde artistas como Casas, Rusiñol o Utrillo van y vienen para tomar el pulso de la vanguardia del momento. Con Sabartés y otros también frecuenta la Sala Parés —donde también expondrá obra—, después de comprar el roscón en las pastelerías de la calle de Petritxol, cada domingo.
Ya en una etapa más contemporánea, con un Picasso afincado en París como uno de los artistas más reconocidos del siglo XX, y con una relación con Barcelona truncada por la Guerra Civil y la dictadura franquista, el artista accede por encargo del COAC a la realización, en colaboración con el escultor Carl Nesjar, de los murales y frisos del edificio de la plaza Nova, regalo del artista y de la institución a la ciudad.
Barcelona, por su parte, con motivo del centenario del nacimiento de Picasso, rendirá homenaje a esta intermitente pero estrecha relación entre el artista y la ciudad de diversas maneras, entre ellas esta ruta en la que destaca el monumento Homenaje a Picasso, de Antoni Tàpies, de 1983.









