Durante el siglo XIX y principios del XX, Esplugues de Llobregat y Sant Just Desvern pasaron de ser pequeñas localidades agrícolas a convertirse en importantes enclaves industriales. Gracias a su cercanía a Barcelona y a su fácil acceso a recursos naturales y rutas comerciales, las fábricas empezaron a proliferar. Su presencia atrajo a una creciente población obrera y fomentó el auge de una burguesía que empezó a construir grandes residencias, que se convertirían en el símbolo de la voluntad modernizadora de la sociedad catalana.
En este crisol de paisajes urbanos podemos identificar una relación simbiótica entre industria y modernismo, que se nutren mutuamente, tanto desde el punto de vista económico como estético. En la fábrica de cerámica Pujol y Bausis se producía la mayor parte de las cerámicas que posteriormente utilizarían Gaudí, Puig i Cadafalch o Marcel·lí Coquillat i Llofriu en diversas residencias cercanas como la Torre Canigó o la casa Pere Pruna. Además, estas mismas familias burguesas, enriquecidas por la nueva industria e impulsadas por un espíritu de progreso, no dudaron en invertir en la modernización de sus antiguas propiedades agrícolas, transformando sus masías y torres comprometiéndose con el avance cultural y estético, como sucedió en Can Ginestar.
En una generación posterior, heredera de este boom industrial y cultural y con el mismo afán modernizador, Esplugues y Sant Just encontraron en Ricardo Bofill y Xavier Corberó sus intérpretes más innovadores. Bofill, transitando de la dimensión industrial a la doméstica, combina el brutalismo y el modernismo en un ejercicio de reinterpretación radical de la función industrial en La Fábrica, y logra fusionar una visión contundente sobre la fabricación industrializada doméstica en las viviendas Walden 7.
Xavier Corberó, por su parte, en su casa-taller, va de la dimensión doméstica a la industrial, partiendo de la unión de muchas pequeñas viviendas e integrando el arte y la funcionalidad. Asimismo, ilustra cómo la arquitectura y el arte pueden actuar como agentes de cambio conjunto y testimonios de una nueva época de transformación y crecimiento.
Son estas localidades, que nacieron como lugares de descompresión de la gran ciudad, las que crecen del pasado hacia el futuro y nos sirven de espejos armónicos de lo que sucede en el centro de las metrópolis. Plasman su fervor como reflejo de un bullicioso pasado, una especie de «mundo de las ideas» tan platónico que, desde la fusión, construye su propia identidad, única. Merece la pena hacer una visita pausada para descubrirlas paso a paso.









