Aunque la deconstrucción fue un término y un estilo bastante popular a lo largo de los años 80 y 90 en el ámbito de la arquitectura, resulta difícil encontrar ejemplos en Cataluña, dada su ambigüedad teórica. Para algunos fue un intento por traducir al espacio físico los preceptos del posestructuralismo francés; para otros, el intento de actualizar movimientos vanguardistas como el dadaísmo o el constructivismo ruso. También hay quien lo interpretó literalmente, como sinónimo de desmontaje o desequilibrio estructural. Por todo ello, resulta complicado determinar el deconstructivismo como corriente unitaria o coherente. Con todo, esbozaremos una ruta, aunque sea aproximada, que sigue la línea litoral de Barcelona, Sant Adrià del Besòs y Badalona, áreas que se urbanizaron en el momento de irradiación de este estilo.
El punto de partida de la Barcelona deconstructivista no podía ser otro que el Pez de Gehry, el único de los arquitectos incluidos en la exposición “Deconstructivist Architecture” —celebrada en el MoMA de Nueva York en 1988— que tiene obra en Barcelona. Justo al lado, si se hubiera construido, le habría acompañado la Fontana Mix, el proyecto de Yago Conde y Bea Goller para la plaza de los Voluntarios Olímpicos; esta intervención quería rendir homenaje a la partitura musical de la obra homónima de John Cage. Conde trabajó en el estudio de Peter Eisenman, otro de los arquitectos incluidos en la citada exposición del MoMA de Nueva York. También bajo la maestría de Eisenman, Antonio Sanmartín —quien, como Conde, trabajó en su estudio—, dejó sentir el imaginario deconstructivista en la biblioteca Casacuberta de Badalona, que construiría años más tarde junto a Elena Cánovas.
Volviendo a la Villa Olímpica, las pérgolas de la avenida de Icària, de Enric Miralles y Carme Pinós, funcionan como contrapunto irracional del conjunto de edificios cartesiano del nuevo barrio. El proyecto generó cierto rechazo entre los arquitectos de los edificios cercanos, lo que se tradujo en un replanteamiento del proyecto original. Esta voluntad de confrontación formal con el entorno también se dio en artistas vinculados a la deconstrucción como Robert Smithson, Gordon Matta-Clark o Richard Serra.
El parque del Besòs, proyectado por Albert Viaplana y Helio Piñón, es otro referente. Piñón fue uno de los primeros difusores de Peter Eisenman en el país, con libros como Arquitectura de las neovanguardias o como editor de la revista Arquitecturas Bis. Este proyecto destaca especialmente porque recoge algunos de los debates en torno al espacio público que tuvieron lugar a principios de los años ochenta a raíz de concursos como el del parque de la Villette en París. Una de las principales características de este parque, así como del vecino cementerio de Sant Pere, es la manera más o menos irónica de relacionarse con el contexto a través de la introducción de elementos irracionales, como unos dispensadores de agua amarillos o el trazo del cuadro El nacimiento del mundo de Joan Miró.
Como hemos comentado antes, una de las características de la deconstrucción fue el interés por llevar las estructuras al límite. Estudios de cálculo de estructuras y ingeniería como BOMA o Esteyco se pusieron al servicio de los arquitectos para calcular los proyectos; entre estos, destaca la pérgola fotovoltaica de José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres en el Fórum, que, si bien se construyó posteriormente en el boom deconstructivo, tiene un indudable aire tectónico; hoy, su silueta ya forma parte del skyline reconocible del nuevo litoral metropolitano.









