La enseñanza y la difusión del conocimiento fueron pilares fundamentales del plan de acción de la recientemente establecida Mancomunidad de Cataluña. En 1914, los índices de alfabetización en España eran muy bajos en comparación con los del resto de Europa; la metodología de enseñanza era rígida y basada solo en clases magistrales y ejercicios de memoria; la lengua vehicular, el castellano. Todo esto chocaba frontalmente con las aspiraciones de una institución que, si bien tenía un poder ejecutivo más bien simbólico, aspiraba a unos ideales más optimistas, europeístas y abiertos, con figuras detrás como Enric Prat de la Riba y Eugeni d’Ors. La Mancomunidad quería aprovechar todo el catalanismo político y cultural labrado desde la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX, empujada por una generación de intelectuales y una burguesía local implicados en un proyecto de recuperación de país.
La institución nacía con la voluntad de desdibujar en Cataluña el mapa provincial español (1833) impuesto en todo el Estado, donde cada provincia respondía directamente al gobierno central a través de las diputaciones provinciales. Conseguir mancomunar a las cuatro diputaciones catalanas bajo un mismo órgano era un paso adelante que representaba la unión administrativa, pero también cultural; aplicarla sobre el terreno era un reto mayúsculo. En el plano educativo, y con la voluntad de tejer el territorio, se inauguran cuatro escuelas en zonas rurales, una por provincia y con el catalán como lengua de enseñanza: Sant Llorenç Savall (Barcelona), Palau-saverdera (Girona), La Masó (Tarragona) y los Torms (Lleida) serán las escogidas para esta prueba piloto. Aunque todavía eran anecdóticos, estos tímidos cimientos serán la semilla de la futura escuela catalana.
En paralelo, y al servicio de toda la sociedad, se crea una red de bibliotecas populares —con títulos escogidos por la propia Mancomunidad— en edificios de nueva construcción que debían cumplir, como las escuelas, con los ideales noucentistas. Esto quedará reflejado en su arquitectura, de inspiración renacentista, con líneas claras, adorno contenido y órdenes clásicos. Los ideales, pues, se transmitían también con los edificios que debían representarlos.
Con la dictadura de Primo de Rivera, la Mancomunidad se disolvería en 1923-1924, pero su espíritu no desaparece; con el advenimiento de la Segunda República Española, estos primeros pasos se multiplican exponencialmente y la proliferación de centros es notorio y relevante. Pero son estas primeras tentativas y su arquitectura de grano pequeño lo que quiere poner de manifiesto esta ruta. Un patrimonio frágil que merece la pena reivindicar.









