El recorrido puede parecer arbitrario, al incluir obras con diferentes grados de intervención en el territorio, distintas entre sí temporal y formalmente. La variedad es precisamente lo que se ha buscado, porque refleja el amplio abanico de condiciones geográficas y morfológicas que ofrece el contexto rural de las comarcas del Alt y el Baix Empordà, el Gironès y el Pla de l’Estany.
En el itinerario se mezclan lugares y espacios más íntimos o cerrados, donde el grano tiene un papel importante —por ejemplo, la reurbanización de Ullastret—, con otros más expansivos; lugares de paso o pasear con otros de reunión; miradores, parques, estructuras verticales que recuerdan torres de vigilancia o faros que nos ofrecen vistas lejanas; también caminos rescatados y ligeramente formalizados que nos acercan y adentran en lugares que, a pesar de que han perdido parte de su uso o significado original, han perdurado en el tiempo.
Lugares que bordean el agua: o bien agua dulce —como los que se encuentran en el lago de Banyoles, la acequia Monar a la altura de Salt, o el río Ter en la ciudad de Gerona por un lado—, o bien el mar, como el primer asentamiento griego en la Península, Empúries, en la bahía de Roses, o el frente marítimo. Y otros “bordes”, como las antiguas tierras agrícolas, en particular los huertos, como es el caso de los huertos de Vilabertran, cerca de Figueres, donde el límite entre campo y ciudad se dibuja y desdibuja; o La Vora de Girona, en la montaña de Les Pedreres, que es a la vez cerca y atalaya. Con su presencia vertical y puntual, las atalayas contemporáneas acompañan y salpican los bordes de la ruta; y, como las antiguas torres de centinela presentes tanto en la costa como en el interior, nos permiten despegar y ver la riqueza y la interrelación de los pueblos con los campos o la masa boscosa, o darnos cuenta de los vuelcos que dan los lagos con el cabo Norfeu al fondo.









